Hoy me puse a pensar en todas las navidades de mi vida,
aunque lo primero que a muchos se nos viene a la mente son los regalos, las
luces, el árbol y la cena; otros recordamos con mucha alegría y nostalgia a
nuestra familia, pues es costumbre para muchos que la navidad sea una fiesta
para pasarla todos unidos, aunque con mucha sinceridad soy una excepción a la
regla.
Y como dicen algunos amigos (psicólogos), que los meses que
nos ponen nostálgicos son febrero, septiembre y diciembre, es por ello obvio
que en este mes y cerca a estas fechas uno se dé un momento para reflexionar sobre su vida, aunque eso genere
un sentimiento interno muy extraño.
Pero salir a entregar un chocolate y un paneton a niños y
niñas de la calle, me han demostrado que aunque muchas personas puedan dormir
tranquilas esperando los regalos para esta navidad, hay otros niños que no
cuentan con los recursos para ello, con ese regalo, luces, árbol o cena y por
otro lado no pueden darse ese momento de reflexión, pues en sus cabezas solo se
encuentra el seguir trabajando para llevar unas monedas a su hogar.
Es por ello, que hoy no quise
recordar, no quise reflexionar, solo buscar una sonrisa de aquellas personas
que no la tienen, porque suena egoísta pensar sobre uno mismo en uno en estas
fiestas y no pensar en aquellos niños que esperan un cambio en sus vidas,
aunque reconozco que no puedo brindarles ese cambio, ver una sonrisa en sus
rostros es un paso importante porque ella tiene un gran valor.
La sonrisa de un niño, es el mejor
regalo que se puede recibir, regalo que se tiene recibe con mucho amor y
aprecio, regalo que no hace humanos, que nos hace ricos del alma, que puede
hacer llorar hasta los que pensamos que somos la excepción de la regla en esta
navidad, donde la sonrisa de un niño es la luz que debemos de tratar de
mantener encendida.

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